El ser humano, pensado aún simplemente desde su más sencilla condición, que obedece a lo “animal”, responde a comportamientos fuertemente determinados por las sensaciones que percibe a través de los sentidos, dichas experiencias sensoriales suelen ir desde lo mas placentero bajo una acción directa o desde una evocación, hasta la mas desagradable de sus manifestaciones. Así mismo se hace evidente que, aún bajo la concepciones creadas por la filosofía donde son considerados como seres cuyas acciones se ven determinadas por la razón (cualidad que supone distinguirnos de los animales), se hace innegable nuestro despliegue ante las presentaciones sensoriales de los cuerpos, es mas, bajo la presencia de los casos mas extremos que pretenden ubicarnos en situaciones de riesgo, nuestra respuesta inmediata se hace presente no a través de la razón sino de un instinto de supervivencia.
Por tanto, plantear el desarrollo de una trabajo donde los sentidos traumados constituyan un punto de partida hacia los cuestionamientos de nuestras formas de concebir el mundo en el siglo XXI, parece ser un punto clave en busca de una respuesta a los interrogantes de nuestro mundo sensorial frente a otros, donde la exploración y principalmente la respuesta inesperada de los sentidos alterados de otros se conjugan para crear cierto tipo de relación entre la razón y lo sensible.
En las puertas de un siglo que ataca principalmente nuestra percepción desde lo visual, involucrar este sentido en juego con el tacto, el olfato y el oído, en busca de alterarlos hasta llevarlos a la incomodidad, amplia nuestras visiones que aquello que se considera apto dentro de las artes y en especial de los modos que han delimitado nuestras formas de expresión en lo referente al campo de los sentidos; La historia de las artes, por ejemplo, en su búsqueda de la belleza y de la perfección establece una serie de parámetros que por momentos ha dejado por fuera la contemplación de la belleza desde otros aspectos importantes en cuanto a la relación estética que se establece, al ser esta contemplada como fuente de placer, por tanto para la exaltación de los sentidos es necesario una mirada desde la sublimidad[1] contemplada como “la emoción mas fuerte que la mente es capaz de sentir”, que en nuestro, pretende la alteración hasta un máximo, que modifique de alguna forma la manera como los sentidos nos dejan experimentar la vida, es decir de la contemplación del placer donde sea un acto mas allá de repercusiones vagamente efímeras, llevando la razón a una interacción, que convierta los sentidos en elementos especialmente críticos, cuya meditación nos permita otra percepción del mundo.
Referente a la audición por ejemplo, la música siempre se ha considerado generadora de sensaciones, emociones, sentimientos, de evocación sinestética, bajo los reconocidos medios de la armonía y la melodía para lograrlo. No obstante y considerando lo anterior se puede decir que la música en general siempre ha sido pensada en términos de lo que es bueno, agradable o armonioso para el oído y podría afirmarse que casi la mayor parte del tiempo esta concebida como un medio para atraer al oyente y capturarlo con su melódico sonido, generando lo que podría llamarse “buenas sensaciones”, por tanto que recae en la función de transformar ese sonido en una expresión de aquello que nos produce algún tipo de placer, sin la categorización de lo positivo o negativo, como en el caso de el llanto, nostalgia. Pero, contrario a esto, la alteración de los sentidos ahora no alberga la esperanza de tener al oyente en estado de armonía, de “buenas sensaciones”, de tranquilidad o de nostalgia sino que procura crear en sus receptores un rechazo, un descontento, una sensación de incomodidad y malestar; tensionándolo, y para lograrlo implementa un ataque sonoro apabullante, generando así un cansancio a nivel auditivo y por lo tanto un malestar sensitivo, un repudio hacia el sonido y las sensaciones que este le evoca.
Pero, llevar los otros sentidos al extremo plantea además otras categorías donde la razón se juega un papel fundamental en la comprensión de la totalidad del trabajo: esta alteración de sentidos bajo la intervención de sonidos violentos acompañados de una acomodación física mediante el abuso de la fuerza, guarda para nosotros una segunda interpretación de los hechos. La convivencia diaria con un medio rodeado de agresividad y violencia hace que el manejo de cuerdas durante el trabajo nos lleve a una evocación de esa misma violencia que se ha aferrado a nosotros y que ha llegado a producirnos costumbre, al fin de cuentas guarda una intima relación que se constituye como producto cultural, pero que al igual que la búsqueda de una satisfacción individual alberga sus raíces en nuestra misma naturaleza humana.
Así, una representación que conduzca a una racionalidad bajo la extralimitación de los sentidos, se plantea como punto primordial durante el proceso de alteración, llevando a los involucrados a una provocación a nivel sensitivo que los lleve al cansancio y a una grave experimentación de malestar, donde tensionarlo desde todos
los sentidos constituye su fin único.

Sin imagenes se considera un trabajo incompleto, le ruego supere esta falencia tan grave de la socialización de su trabajo.